El próximo apagón no será un accidente, estará motivado por la falta de flexibilidad

Durante décadas hemos dado por sentado que el sistema eléctrico funcionaba a la perfección. Y, en gran medida, así ha sido, la red ha demostrado una fiabilidad extraordinaria, incluso en momentos de máxima tensión

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Xavi Casado
Publicado el 28 de Abril de 2026 4 minutos de lectura
Red eléctrica

El apagón del mes de abril del pasado año nos hizo toparnos de bruces con una realidad para la que no estábamos preparados.  Más allá de la búsqueda de responsabilidades, lo que es indiscutible es que la solidez del sistema se construyó sobre unos supuestos que no son vigentes a día de hoy. El problema no es que el sistema haya fallado, sino que el mundo energético ha cambiado más rápido que la forma cómo se gestiona.

La factura eléctrica se incrementa periódicamente y solemos imputarlo a factores como el precio del gas, los mercados internacionales, la regulación... Sin embargo, hay un concepto menos conocido que pesa cada vez más en el recibo y que explica parte de ese encarecimiento: los servicios de ajuste. Son los mecanismos que permiten equilibrar en tiempo real la oferta y la demanda eléctrica, para convertir lo que antes era excepcional en estructural.

La razón es sencilla. El sistema eléctrico actual no fue diseñado para operar con millones de pequeños generadores, baterías y puntos de consumo distribuidos. Se pensó para grandes centrales, flujos previsibles y decisiones centralizadas. Pero la transición energética ha cambiado las reglas del juego. Las renovables, el autoconsumo y el almacenamiento han introducido una variabilidad que no se puede gestionar eficazmente con herramientas del siglo pasado.

El efecto de este desajuste ya no es teórico. España ha alcanzado un punto en el que cerca de la mitad de la electricidad que consumimos procede de fuentes renovables, y Europa se ha marcado como objetivo superar el 70% en los próximos años. A partir de aquí, la transición energética se enfrenta a una paradoja incómoda: seguir instalando más capacidad renovable ya no garantiza aprovecharla mejor. Cada vez con más frecuencia, la energía se produce cuando no se necesita, obligando a reducir o directamente desconectar generación renovable. Este curtailment - energía renovable que se desconecta por falta de capacidad de gestión— no solo supone un desperdicio de energía limpia, sino que erosiona la rentabilidad de las instalaciones y pone en riesgo el propio ritmo de inversión. Sin flexibilidad, más renovables no significan más valor, sino más energía desaprovechada.

Esta falta de flexibilidad tiene un coste real y creciente. En las compras colectivas de energía que gestionamos en Spock, vemos cómo los servicios de ajuste ganan peso mes a mes en el precio final que pagan los consumidores. No es un problema teórico ni una advertencia a largo plazo: está ocurriendo ahora mismo y lo estamos pagando entre todos.

El riesgo no es solo económico. Un sistema rígido sometido a una demanda de flexibilidad cada vez mayor es un sistema más vulnerable. Cuando la red no puede absorber picos de demanda o excedentes de generación de forma eficiente, la estabilidad se resiente. Y entonces aparecen los episodios indeseados: restricciones, cortes o apagones, que no están provocados por la falta de energía, sino por la incapacidad para gestionarla.

La buena noticia es que la solución existe y ya está operativa. La flexibilidad distribuida permite convertir miles de pequeños recursos —como las baterías domésticas o de empresas— en una herramienta útil para el sistema. Gracias a la digitalización y a la inteligencia artificial, estos recursos pueden coordinarse automáticamente, actuando como una gran infraestructura virtual capaz de responder en tiempo real a las necesidades de la red.

Además, lo relevante es que esta gestión no exige cambios de comportamiento ni decisiones técnicas por parte del usuario. La tecnología se encarga de optimizar cuándo cargar, descargar o reservar energía, manteniendo siempre el control en manos del consumidor. Lo que antes era un activo aislado se convierte así en flexibilidad real, reduciendo la dependencia de servicios de ajuste cada vez más caros.

Incorporar flexibilidad en el borde de la red no solo mejora la estabilidad del sistema, sino que también reduce su coste global. Menos ajustes, menos tensiones y un uso más eficiente de la energía disponible se traduce, inevitablemente, en una factura más contenida para todos. Es un cambio de paradigma, en lugar de reaccionar a los problemas, se anticipan y se gestionan de forma distribuida.

El papel del consumidor también debe evolucionar. Ya no se trata solo de ahorrar en la factura, sino de participar activamente en el sistema energético. Primero como consumidor eficiente, después como productor, más tarde como gestor del propio almacenamiento y, finalmente, como proveedor de flexibilidad cuando la red lo necesita. Es un camino lógico, gradual y, sobre todo, que nos beneficia a todos.

La caída continuada del precio de las baterías está haciendo que el almacenamiento sea ya una realidad en hogares y empresas. En este contexto, la flexibilidad distribuida no es una promesa futura, sino una necesidad actual del sistema eléctrico. En Spock estamos aportando nuestro granito de arena construyendo hoy una cartera distribuida de hogares y pequeñas empresas que, coordinados mediante tecnología y sin cambiar sus hábitos, ya contribuyen a aportar flexibilidad real a la red. Porque cuando se produzca el próximo apagón, no será un accidente, sino la consecuencia de no haber preparado a tiempo un sistema suficientemente flexible.

 

Joaquim Falgueras, CEO de Spock